Parecía amor. Los que les observaban no lo dudaban.

Sus cuerpos siempre se dirigían frontales, curiosamente sin miedo, emoción que ambos bien conocían. Sus ojos directos, reduciendo al mínimo los parpadeos. Cuerpos abiertos, en lo que se podía abrir, los brazos, los hombros, las manos, los dedos, los pies, las piernas,  las caderas, las cejas, los ojos, las bocas, sí, las bocas… Como diciendo, dame más, dime más, enséñame más, quiero más…

Los dos, en esta danza sólida que no les permitía escapar. Complementarios. Sólo en estatura se descompensaban, así que ella si estaban de pie buscaba escalones, o se ponía de puntillas y se estiraba lo que sus huesos le permitían. Porque necesitaba mirarle a los ojos y poder posarse en el centro de su pupila, no desde abajo, no desde arriba; desde el núcleo.

Él, tan alto, tan contundente en su ser, hacia el cielo, hacia el aire, pero no, en su presencia no se escapaba, no se volaba. No se desprendía de un contacto sereno y continuo. No quería soltarla, no quería soltar tantas cosas.

Parecía que se querían, que se encontraban, que siempre se tocaban aún cuando no lo hacían. Parecía, también, que se miraban.

ParecíaAmorElla, veía en él la antítesis de tantos otros que habían ocupado su corazón, buscaba la forma de volver a ocuparlo pero con el molde adecuado. Veía su presencia, sencillez, humildad, control, constancia, flexibilidad, lealtad, contundencia, respeto, equidad, solidaridad, entrega, serenidad, paz, delicadeza, consideración, moderación. Todo lo contrario de lo anterior, buscaba el “Eureka”, pero, pero, miraba al pasado.

Él, veía en ella las características que siempre amó, en la anterior, y en la anterior de ésta, y si me apuras, en la más primigenia, en su madre. Veía pues, a las mujeres de su pasado. Veía su fuerza, su belleza, su pasión, su vehemencia, su descontrol, su ternura, su sensibilidad, su profundidad, su inocencia, su espontaneidad, su intensidad, su dolor, su tristeza, su sensualidad, su inteligencia, su perseverancia.

Lo que era, lo que no parecía porque nadie desde fuera lo veía, es que sus ojos, los de él, tornaban color fuego cuando lloraba. Lo que nadie veía es que ella tenía una estrella amarilla, de cinco puntas, en el ojo izquierdo; si lloraba el color era fuego. Ellos sí lo vieron.

Parecía amor…

Psicólogo Collado Villalba – Psicólogo Madrid Barrio Salamanca

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