Existe una investigación que se convirtió en un clásico, realizada por Stanley Milgram, que versa sobre la obediencia a la autoridad y lo vulnerables que somos ante estas figuras.

En 1960 Milgram se hizo con una muestra de 40 varones, y les indicó que deberían actuar como maestros en un experimento sobre los efectos del castigo en el aprendizaje. Iban en parejas, maestro y un aprendiz, los segundos eran cómplices del investigador.

El aprendiz era atado a una silla y conectado a electrodos. El aprendiz debía aprender pares de palabras que el maestro leía, si no las memorizaba, el maestro aplicaría una descarga eléctrica. La intensidad de la misma aumentaría con cada error. La caja eléctrica que dirigía las descargas tenía un voltaje de 15 a 450 y en el grado más elevado una señal advertía “Peligro, descarga grave”.

En las primeras etapas del experimento el aprendiz aprendía las palabras correctamente, pero a partir el momento en que empezaba a cometer errores mostraba malestar y pequeños gritos, con 150 voltios se quejaba de que le dolía mucho, con 285 gritaba desesperadamente; paralelamente Milgram ordenaba al maestro que continuara, la mayoría de los maestros acataron las normas. Más de la mitad llegaron a la descarga máxima “peligro: descarga grave”.

Obediencia Por asombrosos que fueran los resultados, esto se repitió en diferentes muestras de individuos, con lo que Milgram concluyó, que la obediencia a la autoridad anula la conciencia. En realidad la historia confirma esta regla, existen abundantes ejemplos de atrocidades, guerras, genocidios, que fueron posibles porque millones de personas siguieron los dictados de la autoridad, desactivando su conciencia.

La buena noticia es que también estudió a los pocos individuos que no siguieron las órdenes, y descubrió dos factores que mitigan la obediencia a la autoridad:

  • La legitimidad de la figura de autoridad: en algunas muestras no fue Milgram el que dio las instrucciones si no que se sustituyó por una persona cuyo rango profesional no era definido, esto provocó menos obediencia.
  • La proximidad de la figura de autoridad. También se observó que si la persona que daba las órdenes no estaba presente en la sala del experimento, disminuía la obediencia.

Se concluye, que si percibimos al que da las órdenes como una persona legítima, le investimos con autoridad, nos despojamos de nuestra propia responsabilidad. Lo mismo con la proximidad, si está muy cerca físicamente, acatamos más las ordenes, nos alejamos de nuestra conciencia y nuestra responsabilidad.

Así que un trabajo que se abre es aprender a cuestionar la autoridad externa y a ejercer nuestra propia autoridad interna.

Melanie Joy, psicóloga y profesora de psicología y sociología en la universidad de Massachusetts Boston.

Psicólogo Collado Villalba – Psicólogo Madrid, Barrio Salamanca, Avenida de América