El legado de Platón, con su primacía de lo intelectual frente a lo social, nos ha dejado soledad. En las últimas décadas hemos visto decaer la importancia de las bodas, los bautizos, la mili y demás costumbres que organizaban la sociedad de forma jerárquica y autoritaria. Ello ha conllevado a la desintegración de la familia en su forma clásica, mientras que simultáneamente han ido aumentando en las bandas juveniles los ritos ordálicos de pertenencia. Parecería que más allá de nuestra comprensión intelectual, el equilibrio emocional de las personas necesitara algún tipo de ‘orden superior’, sin el cual tenemos que ganarnos con valentía nuestro derecho a la vida.

En este sentido la soledad se puede comprender como una renuncia a la vida, mediante la que se deja de luchar y se encuentra refugio dentro de uno mismo. La soledad implica bajar las persianas, cerrar la puerta con llave y tirar la llave al vacío abismal del refugio interno del ser. Ese abismo, cavado a golpes de incomprensión, decepción, agresividad y abandono externos, separa a la persona de su realidad imprevisible, hostil y rígida, que sigue su curso hablando un idioma ininteligible y latiendo a un ritmo alienado del propio. En la soledad uno se siente diferente de los demás y se obsesiona tanto con ser visto, con ser comprendido, que se olvida de mirar al mundo para comprender. Desde ahí la persona juega a vivir, pretende que le importa lo que pasa ahí fuera. Sin embargo no puede sentir de verdad a un nivel profundo, pues la distancia de seguridad creada por el abismo amortigua las emociones – sentir se ha convertido en un peligro devastador. ¡No hay salida de ese vacío abismal en el que se ha encerrado la persona! Curiosamente esa certeza da una seguridad gratificante. En ese vacío hay silencio – no hay que hacer…, no hay que tener…, no hay que pretender… – ¡Uff, que alivio! Al no haber nada, ya no hay miedo a que un imprevisto vuelva a partir el alma en pedazos. Esa nada da seguridad.

Pero es una seguridad hueca, infértil. Con el paso del tiempo va emergiendo la ausencia de otra persona. Al fin y al cabo, por mucho que tiremos la llave al abismo no podemos despojarnos de lo que somos, de lo que llevamos en nuestros genes – somos seres sociales. Necesitamos la mirada del otro para sentir que existimos. Sin esa mirada diferente, nuestros pensamientos se tornan claustrofóbicamente densos y su repetitiva monotonía se vuelve aplastante. Llega un momento en que la única alternativa a la locura es volver a encontrar una salida – un punto de apoyo en esa realidad amenazante.

¿Mas cómo lograr volver a subir al tren de la vida, que parece pasar de largo sin vernos? La manera de hacerlo es repoblando ese vacío abismal con nuevas posibilidades y convirtiéndolo así en un vacío fértil. Implica valentía – esa valentía que hace falta para recuperar el derecho a la vida. Valiente no es quien carece de miedo, sino quien se atreve a dar un paso – ¡a pesar de su miedo! El valiente se arma con su curiosidad e ilusión, toma su creatividad y confianza como escudo y rompe esa puerta cerrada con llave. La persona solitaria es valiente cuando se atreve a ver el mundo desde otra perspectiva, aceptando entre otras cosas su propia imperfección, reconociendo dónde habría podido actuar de otra forma, quizás renunciando a ciertas maneras de ser, a cambio de inscribirse como integrante de un grupo. Ser valiente implica ampliar la propia visión y las propias ideas, renunciar a algunos aspectos que consideramos nuestros y nos dan seguridad, y aceptar otros que consideramos ajenos, hasta crear ese espacio compartido que llamamos ‘nosotros’. Este es un punto de apoyo real, con el que nos inscribimos en la vida.

Soledad

Aunque esta valentía requiere el arte de intuir a qué partes de nosotros mismos podemos renunciar, sin dejar de ser nosotros mismos, y qué partes del otro podemos adoptar sin desaparecer nosotras en la ideología del otro. Es una  mezcla delicada, pues una mala combinación de estos ingredientes del nosotros, puede llevar a la soledad más devastadora – la soledad del alma – cuando por ir al encuentro del otro, nos perdemos nosotros mismos y cedemos al otro nuestro espacio en el mundo. Pues en la medida en que no nos guiamos por nuestros propios valores, sino por aquello que creemos valora el otro, no nos sentiremos vistos y nada de lo que hagamos nos parecerá suficiente. La trampa está en que entonces, hagan lo que hagan los demás, tampoco nos parecerá suficiente. Desde aquí sólo hay un paso a sentir que todo lo tenemos que hacer nosotros mismos, lo cual aporta la sensación gratificante de omnipotencia e independencia. La independencia, como se la entiende actualmente en el sentido de no necesitar a nadie, en realidad no es más que soledad y acaba en locura. La persona realmente independiente es aquella con el mayor número de pertenencias. Quien reparte sus necesidades entre muchas personas, tiene estabilidad. En cambio quien prefiere tener pocos apoyos, acaba sofocándolos y provocando que se vayan. Así es como la soledad crea más soledad. La verdadera independencia consiste en poder elegir de quien depender.

Está visto que no es tan fácil liberarnos de la soledad, pues muchos caminos retornan a ella. Lo logramos siendo valientes, comprometiéndonos sinceramente con la vida y con los demás, aceptando la frustración de que el otro, al igual que nosotros, a veces está y a veces no está. Cuando comprendemos que la soledad no existe de por sí, al igual que el silencio no es más que la ausencia de ruido, entonces podemos liberar el alma de lo que Platón llamaba su ‘cárcel corporal’ y transcendemos la soledad. Entonces comprendemos que la soledad, al igual que la independencia y la libertad, sólo existen a nivel intelectual, mientras que nuestro vínculo con los demás permanece más allá de la presencia física de éstos.

Elisabeth Sigrist Wendnagel – Psicóloga Sistémica.

Psicólogo Collado Villalba – Psicólogo Madrid, Avenida de América, Barrio Salamanca

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